VER GALERÍA de OLEOS de Walter Cristiani

Una vez me preguntaron por ahí, que momentos recuerdo junto a mi abuelo, o que siento cuando me paro frente a alguna de sus pinturas. En aquel momento, y frente a aquella pregunta, supe que esas imágenes que tengo en la memoria sobre mi relación con él, son algo vagas y ligeras, ya que cuando nos dejó, y se fue pal` silencio, como diría Yupanqui, yo era muy pequeño.

Pero hay una de esas imágenes que se muestra inherente y profunda: Cierro los ojos, y me veo entrando a su casa de la 25 de mayo. Entro por ese pasillo oscuro y largo para mí, aquel que me lleva a atelier, y que guarda sobre sus paredes laterales, decenas de láminas con bocetos interrumpidos, junto a algún que otro atril que para el artista, ya no esta tan firme como para sostener aquellos nuevos trazos que se vienen gestando. Al final de este pasillo, aparecen más láminas y mas atriles, y más pinceles; pero aquí, ya en la sala, las imágenes cambian, son otras; comienzan a hacerse sentir los aromas amalgamados entre oleos, acrílicos, y aceites de distintos tipos y colores; sin duda, había entrado al mundo de mi abuelo.

Las luces del estudio son tenues; algunas apuntan y alumbran los rincones de las paredes de ladrillos blancos y en las que se encuentran dos o tres bibliotecas desbordadas con libros de Chagall, Manet, Picasso, Rousseau, y algún que otro tomo de pintura impresionista o abstracta. También hay pinceles, muchos, de todos los tamaños, algunos ya secos, y todos apiñados en una gran lata que no me animo a tocar por miedo a que caigan, y que el ruido procedente distraiga al viejo Walter.

Pero lo que más me impresiona y fascina es la paleta, aquella en la que el pintor desparrama y vacía los pomos de óleo. Es muy grande y pesada, rectangular, de madera, pero forrada en una lámina de chapa o acero, supongo que esto será para que se deslicen mejor los materiales, pudiendo lograr así una fácil combinación o mezcla de colores, no lo sé.

La cosa es que luego de llegar y asegurarme de haber revuelto un poco todo, después de hacer notar mi presencia al devorar en minutos el plato de galletitas y de acabar con la media botella de agua tónica que queda sobre una pequeña mesa, me siento en un sillón grande, ubicado cerca de la biblioteca y en él me quedo atónito viendo parte de este mundo tan raro para mí, un mundo totalmente fascinante, pero que poco comprendo…

Algo así fueron las tardes que pase y que recuerdo junto a mi abuelo; tardes de charlas algo locas entre un niño de poco menos de diez años y un viejo bohemio y soñador que según mi madre, de vez en cuando desaparecía, y se internaba en su atelier por algunos meses sin dar señales de vida; total para que salir… si el mundo que necesitaba, estaba solo al final del que para mí, era un largo y oscuro pasillo. 

Y aunque este viejo bohemio ya ha dejado de pintar, y hace tiempo, puedo decir como he leído en uno de los rincones de su atelier, que “el molino ya no está, pero el viento sigue todavía…”