No hay un momento en que la música no invada los ambientes de mi casa. 

Desde hace algunos largos inviernos, los primeros patagónicos, su voz ha sabido entrar mansita por las paredes del corazón, haciéndosele inherente en cada nuevo día sucedido.

Los aros desgastados de una vieja guitarra prestada, acompañaron durante aquel primer tiempo, al atonal, pero consecuente aprendizaje, el mismo que con el devenir de nuevos inviernos, supo combatir los oriundos desafines de un árido principio. De ello, y más tarde, las canciones comenzaron a venir, porque sí. Jamás las he llamado, ni he querido intervenir en ello, solo llegan, cada tanto, y así como llegan, se van. Lo lindo de ello, es no saber cuando pasarán, hasta el momento en que se les ocurre hacerlo, donde sea.

De aquellas cálidas visitas, han surgido algunos discos y bocetos que aquí comparto con ustedes. Compendios de canciones; las que en su mayoría, una vez compuestas y grabadas, no he vuelto a tocar, excepto algunas pocas.Quizás, en ese efímero paso de inspiración, se haya ido en ellas, la voluntad de seguirlas. 

 Lo cierto, es que desde aquel primer invierno, no ha habido un solo momento, en que la música no invada los ambientes de mi casa.