La guitarra es como un extraño nido que suelta sus pájaros crepusculares cuando el aire se puebla de silencios y nostalgias. En nuestra tierra, los gauchos y paisanos, en tres siglos, limaron con la música de la guitarra
sus ásperas aristas. Hombres toscos, hechos a la ruda vida del campo, hombres de a caballo, con un mar de gramilla y pastizales abajo, y un par de constelaciones allá arriba, vivían en la soledad sin tener conciencia de ella. La soledad era un muro invisible que circundaba la existencia de los hombres. Era un mundo dentro del cual el paisano trajinaba, galopaba, amansaba potros, tropeaba hacienda, torteaba barro, como el hornero, para construir su hogar, sacaba tientos, recortaba caronas, y vivía sin sentir la pobreza como contrapeso, luciendo a veces algún platerío, "siquiera pa' que la luna le haga guiños al ombú . . .", a través de una rastra o un rebenque, o de unos estribos o de la media luna del freno.

Pero llegó la guitarra milagrera y andariega, a los galpones de las estancias, y a las pulperías. Y la guitarra le reveló al paisano el panorama exacto de su soledad. Fue el espejo de su alma y su paisaje. Y el paisano se acercó a la vihuela con todos los reclamos de su pudor, con inocente curiosidad de hombre sin miedo. Y el misterio de la guitarra le donó un miedo nuevo, desconocido. Por eso llegó al instrumento usando la máxima delicadeza. Sus manos, hechas al rigor del trabajo, se convirtieron en pequeños araditos de plata y seda para trazar sobre la guitarra la melga de una vidalita -semilla del tiempo-, y entonces fue comprendiendo que la soledad era una infinita voz destinada a traducir lo mejor de su espíritu, sus faenas, sus amores, sus recuerdos, su esperanza, su destino.

Y ya no pudo vivir sin la guitarra. Le cobró "la mesma afición" que a su caballo, lo que ya es mucho decir. Y en el correr del tiempo, la pampa se pobló de cánticos diversos. Nacieron las trovas, los estilos, las cifras, las milongas; se adaptaron coplas, décimas, temas de danzas, hilachitas del Canto del Viento. Y en las sierras, en la selva, en las hondas quebradas del Norte, la guitarra se desveló junto a las quenas de kollas y mestizos, se hermanó con el charango, dialogó con el arpa junto a los anchos ríos, fue revelando mundos de soledad al paisanaje de los cuatro rumbos de la Patria.

Es que "la voz de la guitarra es escasa, pero llega lejos. Lejos ... hacia lo hondo."

Fragmento del libro "El canto del viento" de Atahualpa Yupanqui.