El clima inhospito y la lucha por sobrevivir en una tierra cubierta durante meses por la nieve, le dan a la música mapuche un caracter lastimero, donde la pasión es cruel y desesperada. La pasión no puede expresarse ni siquiera a travez del llanto o del amor, de allí la sencillez de sus instrumentos musicales, y que la música araucana refleje solo queja y angustia.

Allá, en las tierras del sur americano, donde la realidad es mito y leyenda de antigua estirpe, los mas viejos entre los viejos, afirman que el padre creador de la música es el viento...

En la lengua araucana, no existe una palabra para designar la música. No hace falta, los instrumentos musicales hablan por si solos de su presencia en el pueblo y su cultura.

Entre todos estos instrumentos, Nguenechén, el padre de las razas aborígenes, eligió el cultrún y lo puso en las manos de la machi. Desde entonces es sagrado. Su vientre resonador tiene el perfume y las voces misteriosas de las maderas con que se ha tallado. Es el cultrún el instrumento chamánico por excelencia, y esto ocurre desde sus antepasados, el tambor divino de los magos; compañero e inspirador del trance mítico.

Dicen que antes de tensar la membrana del cultrún, la machi mete adentro su canto y con él parte de su alma, y aseguran que cuando la meica hechicera toma el instrumento, tiene el mundo en sus manos, el orden y el equilibrio entre el cosmos y sus criaturas...